A primera vista Moby Dick parece sólo una historia de marineros. Pero en realidad su trama gira en torno al capitán Ahab, obsesionado con vengarse de una ballena blanca que, en un encuentro previo le arrancó una pierna. Esa obsesión se vuelve tan absoluta que Ahab sacrifica la razón, la tripulación y su propia vida con tal de cumplir su objetivo.
¿Vale la pena sacrificarlo todo a cambio de un objetivo?
Todos admiramos a quienes persiguen sus metas con determinación pero la novela de Melville nos recuerda que a veces hay una delgada línea entre visión y obsesión.
Su relato no es sólo un cuento de aventuras marítimas, es una advertencia para cualquiera que tenga grandes ambiciones: cuando el propósito se convierte en lo único que importa, todo lo demás (relaciones, bienestar, perspectiva) corre peligro.
La pregunta que deberíamos hacernos no es: “¿qué quiero lograr? Sino: “¿quién soy mientras persigo eso?”, “¿en qué me puedo convertir si lo consigo?”, “¿qué estoy dispuesto a dejar por el camino?”
No hay cargo sin carga.
Conozco personas que por alcanzar metas laborales, destruyen su familia, olvidan la educación de sus hijos o descuidan su salud, convencidos de que el sacrificio temporal traerá recompensas duraderas. Sin embargo, la historia de Ahab nos recuerda que el precio puede ser demasiado alto y que algunas pérdidas no se pueden recuperar.
Las obsesiones disfrazadas de ambición pueden alejarnos de amigos, familia y experiencias positivas. No se trata de renunciar a los sueños, se trata de perseguirlos con conciencia y equilibrio.
Como en Moby Dick, la línea entre visión y obsesión es invisible hasta que es demasiado tarde.
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Antonio Rodríguez
