En el trabajo se mide lo visible: ventas, resultados, objetivos, incrementos, porcentajes, horas … pero no todo lo que se realiza es medible ni visible.
La carga emocional es invisible y desgasta más que muchas tareas técnicas porque se encuentra en intentar decir las cosas de manera que no molesten, en callarte lo que piensas porque tal vez no sea el momento, en soportar climas laborales tensos o en ser siempre la persona que puede dar un poco más.
Ahí es donde aparece la sobrecarga. Una sobrecarga que no se nombra porque no cotiza y porque se confunde con compromiso, con profesionalidad o con “saber estar”.
Esta sobrecarga no se queda en el trabajo, se cuela en casa con el cansancio y la poca energía que llevamos y finalmente acaba produciéndose una transferencia de estrés y de irritabilidad hacia las personas que nos esperan y conviven con nosotros.
Y cuando la carga pesa demasiado, comenzamos a preguntarnos qué nos pasa a nosotros cuando la pregunta debería ser qué está pasando a nuestro alrededor. No es que seamos demasiado sensibles. No es que no sepamos gestionar. Y desde luego, no es que tengamos que aguantar más.
No se trata de aprender a soportar más carga emocional, sino de empezar a reconocerla porque lo que no se nombra, se normaliza y al final lo que se normaliza acaba pasando factura.
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AR
Pic by Raoul Hausmann
