La culpa en el trabajo es un sentimiento que todos hemos experimentado alguna vez; ese peso interno que nos dice que no hicimos lo suficiente, que fallamos o que decepcionamos a alguien.
Y sin embargo, la culpa no es necesariamente un enemigo. En pequeñas dosis es una señal valiosa que nos alerta de que algo no está alineado con nuestros valores o que podemos mejorar una conducta.
El problema aparece cuando se convierte en un compañero habitual que paraliza situaciones, deteriora la confianza y nos hace sentir que nunca somos suficientes.
En muchas ocasiones, la culpa que sentimos no es nuestra, al menos completamente. Proviene de normas que nos inculcaron desde niños, expectativas procedentes de nuestros padres o adultos significativos, comparaciones o estándares irreales. Aquí es donde podemos comenzar a cambiar la relación que mantenemos con la culpa: reconociéndola, descubriendo su origen y preguntándonos si realmente refleja nuestra responsabilidad o nos está limitando.
Aprender a transformar la culpa, no significa ignorar nuestros errores, sino reconocerlos sin castigarnos, corregir lo que podamos y extraer de cada experiencia un aprendizaje que nos impulse hacia adelante.
En mi experiencia, quienes logran hacer esta distinción se liberan, fortalecen sus relaciones y avanzan con mayor seguridad en sus proyectos y carreras.
Es importante recordar que culpa no es sinónimo de castigo, es una señal o alerta interna que nos muestra que algo merece atención o reflexión, no un juicio sobre nuestra valía.
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AR
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