Durante años creí que ser un “apagafuegos” era una virtud.
Esa persona que siempre está disponible, que se encarga de todo cuando la situación se desborda, que trabaja bajo presión constante y parece capaz de sostenerlo todo.
Posteriormente me di cuenta de que esta figura aparece en entornos empresariales caóticos y estresados, donde los conceptos no están claros y se confunden las prioridades, el análisis y la planificación con la urgencia del día a día. Son organizaciones que desde fuera suelen verse como dinámicas y exigentes, pero por dentro funcionan de manera reactiva y desordenada.
El apagafuegos no es un líder, simplemente es el que gestiona las emergencias, el que resuelve lo que ya ha explotado, el que salva los problemas de la organización de “ese día”, no ayuda a que la organización sea más fuerte.
Ese papel tiene un precio para el que lo cumple: desgaste emocional y estrés permanente.
A largo plazo, depender del apagafuegos tiene consecuencias claras:
– La empresa se vuelve reactiva, resolviendo todo cuando ya explotó en lugar de anticiparse
– Los procesos y la toma de decisiones no se consolidan, porque todo funciona a tirones y “sobre la marcha”
– Se aprende muy poco de los errores porque lo que se valora es actuar rápido y no reflexionar
– El estrés constante recae sobre los equipos, afectando la continuidad del negocio, el clima laboral e incluso la salud de las personas
– La organización pierde capacidad de planificar y ejecutar proyectos a largo plazo, porque lo urgente siempre se prioriza sobre lo importante
Podría decirse que apagando fuegos la empresa sobrevive, no crece.
El apagafuegos puede parecer un héroe pero la verdad es que ni la empresa, ni quien ocupa esa posición, está ganando nada a largo plazo. La fuerza de una organización no la sostienen quienes apagan los incendios sino quien construye sistemas que los evitan.
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