En La Celestina, escrita por Fernando de Rojas a finales del siglo XV, las decisiones importantes rara vez las toman quienes, en teoría, deberían tomarlas.
La figura decisiva es una intermediaria.
No tiene autoridad formal, pero conoce los intereses, las debilidades y las relaciones entre los personajes mejor que nadie. Y eso le da un poder enorme.
Siempre me ha parecido una buena descripción de cómo funcionan muchas organizaciones.
Porque el organigrama explica la estructura formal de una empresa, pero no necesariamente cómo circulan la influencia, la información o la capacidad real de desbloquear decisiones.
En casi todas las compañías hay personas que, sin ocupar los puestos más altos, conectan equipos, aceleran acuerdos o consiguen que las cosas avancen, ablandando voluntades cuando hace falta.
Y también ocurre lo contrario: directivos, en teoría, con autoridad que descubren demasiado tarde que la organización funciona por canales que no controlan todo.
Quizá por eso la Celestina sigue resultando tan contemporánea.
Entendió hace más de cinco siglos algo que todavía incomoda en muchas empresas: que el poder formal y el poder real rara vez coinciden por completo. La Celestina trata mediación y relaciones de interés social.
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Antonio Rodríguez
Goya, Maja y celestina en un balcón
