He visto cómo profesionales con años de experiencia se marchan y cómo, con ellos, se va mucho más que una persona.
Se va el conocimiento de cómo funcionan las cosas, la memoria de lo que ha ocurrido y la capacidad de anticiparse a problemas que otros ni ven venir.
Y ese conocimiento no se sustituye de un día para otro. Ni contratando a otra persona, ni cambian de proveedor, ni gastando más dinero.
En determinados sectores, como el sanitario, las consecuencias pueden ser especialmente serias. Hay cuestiones que no admiten improvisación y responsabilidades que no se pueden despachar con una explicación sobre el papel.
Con los años también he aprendido algo sobre el mundo laboral: no siempre merece la pena quedarse a cualquier precio. A veces, marcharse es la decisión más sensata, aunque en ese momento no sepas cómo evolucionarán las cosas.
Y hay algo más.
Cuando te vas de una organización, puedes dejar atrás tu puesto, pero no tienes que renunciar a lo aprendido ni a tu criterio profesional.
Desde la psicología y la orientación laboral lo veo con bastante claridad: el trabajo importa pero también importa lo que el trabajo hace de ti. No todo es salario, cargo o reconocimiento. Poder trabajar con dignidad, hacer las cosas bien y mantener la tranquilidad personal también cuenta.
Marcharse a tiempo no siempre es perder. A veces es precisamente lo que te permite seguir adelante.
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Antonio Rodríguez
