Hay pérdidas para las que la sociedad ha creado un lenguaje:
Cuando alguien pierde a su pareja, sabemos qué hacer; cuando alguien pierde un trabajo, también; cuando alguien fallece, sabemos qué decir.
Son duelos visibles, tienen nombre, espacio e incluso cierta legitimidad.
Pero hay otras pérdidas para las que no existe ni siquiera un nombre.
Nadie te pregunta cómo estás cuando renuncias a un proyecto en el que llevas años creyendo, tampoco cuando un sueño deja de ser un plan para convertirse en algo que ya no ocurrirá. O cuando descubres que aquélla profesión con la que te identificabas, pertenece ya a otra etapa de tu vida.
No hay un ritual para despedirse de las posibilidades, y sin embargo éstas también se pierden.
Quizá por eso cueste tanto identificarlas, porque no desaparece algo que existía sino algo que podía haber existido.
Y no solemos hablar de estos duelos porque da la sensación de que no tenemos derecho a sentirlos porque. Después de todo ¿cómo va a doler algo que nunca ocurrió?
Nuestra mente no sólo construye recuerdos, también construye expectativas y algunas llegan a ocupar un lugar tan importante en nuestra identidad que cuando dejan de ser posibles, lo que sentimos se parece mucho a cualquier otra pérdida. No porque hubiera garantías de que nos habría hecho más felices sino porque mientras era posible, también formaba parte de quienes creíamos que podíamos llegar a ser.
Durante años no solo vivimos la vida que tenemos, también vivimos mentalmente las vidas que imaginamos. Quizá por eso algunos duelos son tan difíciles de explicar, porque nadie ve lo que has perdido y sin embargo tú sabes perfectamente qué versión de ti acaba de desaparecer.
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Antonio Rodríguez
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