“No recordaba el color de sus ojos” (refiriéndose a su hijo), ha sido el colofón de una conversación que esta mañana he mantenido con una persona que me explicaba cómo han sido sus últimos años profesionales: lo poco que ha dedicado a su vida personal y lo mucho que ha entregado a su vida laboral. Una dedicación que, con el tiempo, ha terminado teniendo un coste del que ahora comienza a ser plenamente consciente.
Cuando alguien resume varios años de trabajo con una frase así, no resulta extraño que ahora se encuentre de baja por ansiedad laboral.
Durante mucho tiempo ha asumido responsabilidades, ha respondido a exigencias constantes y ha priorizado sistemáticamente el trabajo frente a otros ámbitos de su vida. Y no ha sido un proceso puntual, sino gradual: jornadas que se alargan, disponibilidad permanente, objetivos cada vez más exigentes, una dirección mal preparada y una dinámica de trabajo perniciosa.
En ese contexto, es fácil perder perspectiva. La atención se concentra en cumplir, en resolver, en no fallar. Y mientras tanto, la vida personal va quedando relegada a un segundo plano sin que uno sea plenamente consciente de ello.
Casos como éste no son excepcionales. Cada vez encuentro con más frecuencia profesionales altamente comprometidos que durante años han sostenido niveles de exigencia muy elevados, muchas veces sin espacios reales de recuperación: el rendimiento sostenido en el tiempo requiere límites, descanso y equilibrio.
A veces esta reflexión llega a tiempo; otras veces llega cuando el cuerpo o la mente te obligan a parar.
En cualquier caso, conviene escuchar lo que hay detrás de frases como ésta: todo lo que se ha quedado fuera, mientras trabajabas mucho.
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Antonio Rodríguez
