Hay una vida que podrías haber vivido.
No me refiero a esa película en la que todo sale bien. Me refiero a esa que habrías empezado si hubieras aceptado aquel trabajo, si hubieras llamado a esa persona, si no hubieras roto esa relación, si hubieras montado aquel negocio o si hubieras dejado de pedir permiso para hacer aquello que querías.
Puede que hubiera salido mal o puede que hoy estuvieras en otro sitio, con otros problemas y echando de menos algunas de las cosas que tienes ahora.
No lo sabes y precisamente eso es lo que pesa.
De los errores se puede aprender, de los fracasos puedes recuperarte, incluso puedes llegar a agradecer algunas decisiones que en su momento te hicieron daño.
Pero las cosas que nunca intentaste, no sabes cómo habrían terminado. No puedes cerrar esa historia. Sólo puedes imaginarla.
Además, con los años aprender a justificarte muy bien: que no era el momento, que tenías demasiadas responsabilidades, que había que esperar un poco, que cuando estés más tranquilo.
Razones legítimas. Ese es el problema. No renunciamos por cobardía sino por motivos perfectamente razonables: madrugamos, trabajamos,, cumplimos y sacamos las cosas adelante.
Y la vida continúa.
Hasta que un día te preguntas si entre tantas decisiones sensatas, te dejaste alguna para ti en el camino.
Creo que merece la pena distinguir entre aquello que has elegido hacer y aquello que has dejado de hacer por miedo a descubrir que podías. No es lo mismo.
Y tal vez la pregunta no sea qué habrías conseguido si te hubieras atrevido, sino qué parte de la vida estás dejando pasar por seguir esperando el momento adecuado.
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Antonio Rodríguez
