Alguien reconoce nuestro trabajo, nos felicita o destaca una cualidad nuestra.
Y, sin embargo, muchas veces no sabemos qué hacer con ese reconocimiento.
Respondemos con un: “no es para tanto”, “tuve suerte” o inmediatamente devolvemos el elogio. Como si aceptar que hemos hecho algo bien fuera presumir.
Aceptar un elogio no es falta de humildad (junto con la modestia, la virtud de los que no tienen otra), es simplemente saber decir: “gracias, me alegra que lo valores”.
También está la otra cara de la moneda: saber elogiar.
Un buen elogio no es decir “¡qué bien lo haces!” de forma automática. Es observar, concretar y reconocer aquello que realmente aporta valor.
Cuando un reconocimiento es sincero, puede hacer mucho más que mejorar el día de alguien: puede reforzar su confianza, su motivación y hasta su manera de trabajar.
Pero hay algo más, ¿por qué nos cuesta aceptar que hemos hecho algo bien?
Quizá porque hemos aprendido a asociar la humildad con quitarle importancia a nuestros propios méritos.
Nos sentimos más cómodos diciendo: “no ha sido nada” que diciendo, “si, me ha costado y estoy orgulloso de cómo ha salido.”
No es lo mismo.
Reconocer nuestro esfuerzo no significa creernos mejores que los demás.
Significa ser capaces de mirar nuestro propio trabajo con la misma honestidad con el que miramos el de los demás.
Porque también hay un riesgo en rechazar constantemente los elogios: terminar siendo incapaces de reconocer nuestro propio valor si no viene acompañado de la aprobación de otros.
Ni lo contrario.
No deberíamos necesitar elogios constantemente para sentir que hacemos las cosas bien.
El elogio no debería ser el combustible de nuestra autoestima, pero tampoco algo que tengamos que rechazar cada vez que aparece.
Puede que la clave sea algo sencillo, pero no fácil: aceptar el reconocimiento sin convertirlo en necesidad y aceptar también que no siempre vamos a recibirlo.
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Antonio Rodríguez
Pic by Jorge Bnw
