El mejor candidato casi nunca consigue el trabajo. Y no porque el proceso sea injusto.
La persona elegida no siempre es la que sabe más, tiene mejor currículum o acumula más experiencia. Suele ser la que consigue que el entrevistador imagine con más facilidad cómo será trabajar con ella dentro de seis meses.
Dos candidatos pueden tener trayectorias muy parecidas. Uno responde correctamente a las preguntas. El otro consigue transmitir criterio, confianza y una forma clara de afrontar los problemas. Esa diferencia pesa más de lo que parece.
Una contratación es una apuesta sobre quién aprenderá más rápido, quién encajará mejor en el equipo, quién reaccionará mejor bajo presión o quién generará menos fricción cuando lleguen los problemas.
Por eso a veces se quedan fuera personas con un talento extraordinario y entran en juego otras variables que, en teoría, parecen menos brillantes.
No siempre gana el mejor. A menudo gana quien genera menos dudas.
Y aquí se encuentra la paradoja: muchas organizaciones dicen buscar innovación, pensamiento crítico y capacidad de transformación pero los procesos de selección suelen premiar justo lo contrario, la previsibilidad.
Identificar potencial y minimizar riesgos no siempre conduce a la misma persona.
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Antonio Rodríguez
Pic by Toni Scheneiders
