Las personas autoexigentes, mantienen consigo mismas un diálogo implacable:
– “podría haberlo hecho mejor”
– “no puedo fallar en esto”
– “todavía no es suficiente”
– “puedo con ello”
frases o expresiones que a primera vista no suenan tóxicas y que de hecho en determinados entornos, suelen premiarse.
El problema no es exigirse, el problema es que la exigencia nunca se termina y el diálogo interno nunca se apaga.
💠 En la vida cotidiana se cuela en pequeñas cosas: sentirte culpable por parar, no celebrar nada porque no es para tanto, no descansar porque aún puedes hacer un poco más.
💠 En el trabajo aún es más peligroso porque la autoexigencia excesiva está premiada: eres el que siempre cumple, el que siempre está ahí, el que nunca falla.
Y aquí viene la trampa: esa voz interna que no te permite parar, te está haciendo dependiente, no excelente, por tanto tóxico. Aquí deja de ser disciplina y se convierte en maltrato, un maltrato sofisticado, disfrazado, pero maltrato a fin de cuentas.
La autoexigencia excesiva es sutil, cuesta verla, pero cuando acumula desgaste y cansancio tiene consecuencias claras:
Ø A nivel mental empiezas a vivir en modo evaluación constante, nada es suficiente y todo se puede mejorar. Esto genera ansiedad, rumiación y una sensación continua de estar en deuda contigo mismo
Ø A nivel emocional la frustración es frecuente, la culpa aparece, se desarrolla dificultad para disfrutar y surge el miedo a fallar, lo que bloquea constantemente
Ø A nivel físico el cuerpo acaba pasando factura: cansancio crónico, problemas de sueño, tensión muscular… sensación de falta de energía y sobrecarga continua
Ø En el trabajo, te cuesta delegar, te vuelves rígido, desaparece tu creatividad al pensar que todo tiene que salir perfecto. El rendimiento baja
Ø En tus relaciones, te vuelves más irritable y menos disponible; dejas de estar presente porque tu cabeza la tienes en otro lado y a mil cosas y comienzas a proyectar tu exigencia a los demás
Ø A nivel identidad, lo más peligroso de todo, empiezas a medir tu valor sólo por lo que haces: si produces vales, si no aparece vacío o incomodidad.
La autoexigencia mal gestionada no es virtud, es desgaste con buena prensa.
– “podría haberlo hecho mejor”
– “no puedo fallar en esto”
– “todavía no es suficiente”
– “puedo con ello”
frases o expresiones que a primera vista no suenan tóxicas y que de hecho en determinados entornos, suelen premiarse.
El problema no es exigirse, el problema es que la exigencia nunca se termina y el diálogo interno nunca se apaga.
💠 En la vida cotidiana se cuela en pequeñas cosas: sentirte culpable por parar, no celebrar nada porque no es para tanto, no descansar porque aún puedes hacer un poco más.
💠 En el trabajo aún es más peligroso porque la autoexigencia excesiva está premiada: eres el que siempre cumple, el que siempre está ahí, el que nunca falla.
Y aquí viene la trampa: esa voz interna que no te permite parar, te está haciendo dependiente, no excelente, por tanto tóxico. Aquí deja de ser disciplina y se convierte en maltrato, un maltrato sofisticado, disfrazado, pero maltrato a fin de cuentas.
La autoexigencia excesiva es sutil, cuesta verla, pero cuando acumula desgaste y cansancio tiene consecuencias claras:
Ø A nivel mental empiezas a vivir en modo evaluación constante, nada es suficiente y todo se puede mejorar. Esto genera ansiedad, rumiación y una sensación continua de estar en deuda contigo mismo
Ø A nivel emocional la frustración es frecuente, la culpa aparece, se desarrolla dificultad para disfrutar y surge el miedo a fallar, lo que bloquea constantemente
Ø A nivel físico el cuerpo acaba pasando factura: cansancio crónico, problemas de sueño, tensión muscular… sensación de falta de energía y sobrecarga continua
Ø En el trabajo, te cuesta delegar, te vuelves rígido, desaparece tu creatividad al pensar que todo tiene que salir perfecto. El rendimiento baja
Ø En tus relaciones, te vuelves más irritable y menos disponible; dejas de estar presente porque tu cabeza la tienes en otro lado y a mil cosas y comienzas a proyectar tu exigencia a los demás
Ø A nivel identidad, lo más peligroso de todo, empiezas a medir tu valor sólo por lo que haces: si produces vales, si no aparece vacío o incomodidad.
La autoexigencia mal gestionada no es virtud, es desgaste con buena prensa.
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Antonio Rodríguez